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Los antígenos: los culpables de todo esto

20 Julio, 2017
antigenos

Sin antígenos no habría alergias, es así de sencillo. Porque un antígeno es, simplemente, cualquier molécula que es capaz de inducir una respuesta inmunitaria en nuestro cuerpo, de modo que este produce anticuerpos a fin de tratar con el antígeno y disponer de él adecuadamente.

Si bien los antígenos pueden ser internos, como por ejemplo sustancias derivadas del metabolismo normal de las células, o bien aquellas que se producen cuando hay una infección viral o bacteriana, la clave en las alergias está en los antígenos externos.

Estos son los que entran en el cuerpo desde fuera porque los inhalamos, los ingerimos, entramos en contacto con ellos o se inyectan.

Y he aquí la cuestión en las alergias, algunas sustancias, inocuas para la mayoría, que apenas generan una respuesta inmunitaria o ninguna, en los alérgicos causan una reacción inusual y exagerada.

El antígeno inocuo es confundido con algo grave y el cuerpo comienza reacciones como incremento de la mucosidad, inflamación y aumento del riego sanguíneo. Todas esas reacciones están destinadas a hacer hostil el ambiente a los verdaderos antígenos que provocan enfermedades y consecuencias graves, pero en los casos de alergia se disparan para inofensivas motas de polvo o polen.

Comprender este mecanismo de funcionamiento es importante, porque eso nos da pistas sobre cómo podemos evitarlo o atenuarlo, gestionando adecuadamente nuestra alergia.

La importancia de identificar el antígeno

Como hemos dicho, sin antígeno no habría alergia, así que el primer paso es siempre descubrir cuál es el que dispara nuestra reacción alérgica y así proceder a evitarlo en la medida de lo posible y, cuando esto no sea factible o bien no lo sea del todo, eliminarlo también en la medida de lo posible.

Si nuestro antígeno resulta ser alguna proteína de los ácaros del polvo, por ejemplo, es recomendable cambiar las sábanas frecuentemente, airear las habitaciones y mantener la casa sin polvo.

Pero si nuestro antígeno es la humedad y el moho, las recomendaciones serían evitar zonas húmedas especialmente en primavera y verano o prevenir las humedades de las paredes.

Por eso es imprescindible acudir al alergólogo e identificar mediante las pruebas que nos haga cuáles son los antígenos en nuestro caso, y posibles tratamientos.

Sólo ese paso ya es un gran avance dentro de nuestra alergia, pues la primera línea de defensa es evitar, para después establecer una segunda línea con el tratamiento.

Cómo los antígenos pueden ayudar

Si bien los antígenos son los culpables de todo, también son los que nos pueden salvar de la alergia. ¿Cómo es posible esto?

Es cierto que sin antígenos no habría alergias (ni enfermedades, de hecho) pero eso es imposible y, además, nos haría muy débiles y vulnerables.

El cuerpo reacciona contra elementos extraños y nuestro sistema inmunitario aprende con cada nueva exposición, generando una memoria que le permite, en el futuro, tratar con esos antígenos de manera eficaz, sin necesidad de pasar por los efectos como inflamación, congestión, etc.

El problema en la alergia es que ese sistema inmunitario no responde adecuadamente y lo ideal es que aprendiera a hacerlo.

En eso se basa la terapia inmunológica de la alergia. Bien es cierto que no es la terapia existente, pues tenemos a nuestra disposición antihistamínicos, corticoides, broncodilatadores, descongestivos nasales y antileucotrienos. Pero la terapia inmunológica busca arreglar todo lo que se pueda el problema desde la raíz.

Para ello, precisamente, se hace una vacunación que consiste en la introducción de antígenos en el cuerpo. Si bien el antígeno está calibrado para no disparar las reacciones desmedidas de la alergia, y hacer que nuestro cuerpo vaya ajustando cada vez mejor la respuesta, aprendiendo la adecuada.

El antígeno es el culpable, es cierto, por eso debemos identificarlo bien, evitarlo y erradicarlo, pero, paradójicamente, él mismo contiene la clave de la mejora de nuestra alergia.

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